sábado, 21 de septiembre de 2013

Yuki-onna. La mujer de nieve.

Yuki-onna, la mujer de nieve.

                Entre la espesa capa de blanca y delicada nieve, avanza con dulzura una figura de porcelana, cuya piel pálida con manchas rosadas se mezcla a perfección con la lluvia de hielo.
                 El color negro de la noche sin estrellas, lleno de nubes azules que lagrimean tristemente sobre el monte combina con los largos y finos cabellos negros que caen a los lados del blanco kimono finamente colocado.
                Camina sin dejar huella, sus labios, morados por el frío, dejan escapar aliento que se convierte en un dulce y acaramelado humo que huye hacia el cielo. Tiene los ojos cerrados con las pestañas negras y suaves cayendo como cortinas.
                Vaga sin rumbo, sin huella entre la nieve del monte, no se escuchan sus pasos y sus manos danzan acariciando el aire fresco de la noche.
                Tararea una melodía que no conoce, y no escucha la flauta que suena cuando el viento sopla y hace tiritar a los árboles.
                 Sigue con los ojos cerrados, disfrutando el fresco aire que llega a sus pulmones y acaricia su rostro sin mover sus cabellos de ébano.
                 El obi de su kimono se arrastra con ternura, es lo único desaliñado, escapa de la realidad como la mente de la irreal mujer.
                La nieve cae a su alrededor, y ella sigue pulcra, sin un ápice de agua derretida o congelada en su figura.
                Los copos de hielo, bellamente irreales, casi dibujados, sin gemelos, bailan a su alrededor acompañándola en su paseo sin rumbo.
                Yuki-onna, porque ese es su nombre, se mueve con parsimoniosa lentitud, vaga por el monte nevado en busca de nada.
                Y no es hasta que logra escuchar un sonido diferente a la dulce armonía musical del viento que abre los ojos.
                Junta sus brazos y en ellos aparece un niño envuelto, encorva la espalda y el pobre y perdido viajero, inocente, pobre de él, se acerca a ella para proporcionarle ayuda.
                Yuki, la mujer de nieve, el espíritu que atormenta solo por atormentar, dirige su mirada como la de Medusa hacia el bondadoso viajero, y con su frio y acaramelado aliento, lo deja convertido en una estatua de hielo que poco a poco, mientras ella hace desaparecer al niño y endereza su espalda, es cubierto por la nieve al igual que el monte.
                 Y Yuki-onna vuelve a caminar sin rumbo, haciendo danzar sus manos al ritmo del tarareo de una música que no conoce, y su piel y kimono blancos se pierden en la espesa danza de lágrimas congeladas nuevamente.
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