lunes, 6 de marzo de 2017

Battlefield

     El ríe, disfruta, se hunde en el profundo y oscuro oceano que es el campo de batalla. Ese oceano de instintos, adrenalina y frenesí, elegante e incomprendido.
     El inconfundible olor a pólvora y miedo lo atraviesan como cuchillas, el olor a sangre lo lleva sobre el limite de su cordura. Y los gritos, los saborea deliciosos, los gritos son el coro sublime para la más fina sinfonía que él, y solo él, dirige con orgullo.
     Se siente acechado, observado como una liebre por un león y es más feliz que nunca.
     ¿Existe acaso un premio más glorioso para un asesino que ser perseguido insaciable por su admirada dama?
    Los edificios se desploman como las vidas que se acercan a él y su espina se ve bombardeada por cuchillas de placer cuando el carmesí de la sangre besa su rostro y el ónix del humo acaricia el cielo. Sublime. Majestuoso.
     Música, me contó una vez, música, que así la llama; explosiones y gritos, y derrumbes, y colapsos y sangre y su risa. Su risa. Música, música de orquesta que dirige para su dama. Ríe, ríe, él ríe y vuelve a reír y sigue riendo. Más gritos, más risa, más y más.

"¿El rifle duda antes de disparar? ¿El acero de la espada, distingue entre la sangre de un enemigo de un aliado? ¿Acaso las armas recuerdan los rostros de sus víctimas? Nosotros no somos diferentes, máquinas de matar; jamás te sientas culpable por un satisfactorio trabajo bien hecho. Y no olvides sus ojos, porque ellos no se olvidaran de los tuyos." Me dijo una vez antes de abrazar, lanzarse al campo de batalla como un reo se lanza a la libertad.

    Y él se ríe, una risa desquiciada que corta el aire, afilada como su espada, ríe tan fuerte que su orquesta es silenciada y si fuera una luz, opacaría al sol.
    Su dama lo recibe honrada de estar ante su presencia, lo abraza como a un hijo anhelado, lejano e imposible, extraviado. Ella se vuelve su diosa y él, su sirviente más leal.
    En el campo de batalla algunos lloran a sus padres, otros a sus hijos y él, él solo ríe y su diosa lo contempla orgullosa. Es su templo, el campo de batalla, y ella lo abraza, lo acaricia, lo besa gozosa y se vuelve su eterna dama anhelada. Y él vuelve a reír, victorioso.







jueves, 2 de marzo de 2017

Stardust

     Ella es la mujer más bella del mundo, yo se lo decía todo el tiempo y ella se reía.
"¿Por qué detenerse en lo insignificante de un planeta? Por qué no ir más allá en la plenitud de las galaxias?" 
     Su risa era una caricia, su cabello negro bailaba cuando soplaba el viento y yo mientras, me perdía en sus ojos que brillaban como estrellas. Me sumergía en el cálido olor que desprendía, perfumes y café. Ella siempre olía a perfumes y granos de café.
     Un día me percaté de que cambió, fue tan mínimo que me resultó imperceptible por mucho tiempo. El negro de su pelo. Era negro, pero no ese negro que tenía. Era negro como la oscuridad, negro como el vacío absoluto; como una galaxia sin estrellas. Y fue entonces, mucho tiempo después que me di cuenta que estaba errado, no era negro como la oscuridad y como el vacío absoluto, era negro como una galaxia con estrellas. El negro de su cabello centelleaba, destellos adornandolo como las estrellas al cielo nocturno. Su melena suave ondeaba, bailaba hacia el cielo aun sin viento y seguía resplandeciendo. Y ella volvió a cambiar, y nadie podía decir en qué.
     Hubo rumores, por un tiempo, de que ella desaparecía de la nada, que aparecía en lugares que nadie se esperaba. Que de repente el tiempo era distinto. Pasaron los meses y los rumores, y su pelo aún era del color del vacío.
     Recuerdo aquella primera vez que me percaté que no era completamente sólida, que sus hombros se difuminaban cuanto más intentabas enfocarlos. Lo que nunca supe fue cuándo sus pies dejaron de ser perceptibles y sus vestidos ondeaban hacia el infinito.
     Su piel era blanca, blanca como un hoja de papel, blanca como la luna, blanca como un resplandor, y en eso se convirtió. Un día dejó de ser un blanco perlado y su piel se convirtió en un blanco enfermo, parecía muerta, pero estaba ahí, aún estaba ahí.
     La recuerdo sonreír, que bella era su sonrisa, la recuerdo enojarse, saltar, bailar, reír, gritar, recuerdo como el blanco de su rostro se volvía en un rojo brillante, recuerdo cuando comenzó a brillar, iluminar la oscuridad solo con su piel. La recuerdo un día de verano, con un vestido azul ondear y desaparecer en neblina, la recuerdo iluminar el césped mojado sin siquiera rozarlo, la recuerdo observar el cielo nocturno de aquel cálido febrero.
"Ojalá pudieras ver el cielo como yo lo veo"
     Tuve miedo de quedarme ciego una vez. Antes de su cambio sus ojos eran marrones, profundos y expresivos, marrones como la corteza de un árbol, con destellos verdes como sus hojas. Antes de su transformación yo decía que tenía brillos como estrellas tatuados en ellos, cuan equivocado estaba. Las estrellas se rebelaron, estallaron en una ola de colores hacia mía, ardiendo con fuerza. Nada era una totalidad, todo era un reflejo y no existía el tiempo. Toda la paleta de colores de nuestro universo se vio reducido a un escondrijo entre sus pestañas.
     Después de eso el tiempo siguió pasando y ella cambió, sin cesar. Su cabello, su cuerpo, su piel, sus ojos. Era cada vez más dificultoso poder enfocarla. A veces hasta olvidaba que ella estaba ahí.
     Su voz no cambió, agradezco, era armoniosa y risueña, pero ella ya no movía los labios. Dejó de hacerlo un día, y su voz se proyectaba en mis pensamientos, como una canción que no sabes como llegó ahí pero no puede quitartela.
     "No estás tan loco. Sí existo." 
    Y finalmente, cuando las arrugas se apoderaron de mi, me di cuenta que para ella el tiempo no pasaba, me di cuenta lo ilimitada que ella era, lo absoluta que era su existencia, y lo simple e insignificante que era yo. Su rostro, lo poco que todavía podía advertir de ella en esa nebulosa de humos de colores, se encontraba exactamente igual que esa noche calurosa de febrero en la que miraba el cielo.
     Lo único nítido que realmente recuerdo fue su abrazo. Cuando finalmente se convirtió en su totalidad, en esa neblina multicolor centelleante. Recuerdo cómo su último abrazo fue sentirme cálidamente recibido dentro de un caleidoscopio sub-realista de dulzura y melancolía, de gloria. Me envolvió su absolutez, me preguntó si alguna vez alguien tan simple como yo podrá llegar a comprender lo tan ilimitado en lo que se convirtió. Me abrazó, y ella ya no olía a perfumes y granos de café, ella olía a frío, a un frío que te congela cada ápice, olía a azufre y ozono, a lo más profundo del océano y a la primer chispa del fuego. Enredé mis dedos en aquella difuminada mancha abismalmente negra que fue su cabello, y en el tacto de sus labios lo vi; Era el pincel de un artista trazando con soltura una pincelada etérea de una nebulosa de colores. Encontré colores, encontré sabores, olores, lugares, años, civilizaciones, existencias, universos y estrellas. Olvidé el significado de realidad y existencia. Y así fue como ella desapareció, convirtiéndose en lo que más amaba en el universo. Se marchó con la promesa de olvidarme cuando los siglos fueran días, cuando los milenios sean semanas, y la eternidad sea solo un segundo.
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