domingo, 28 de mayo de 2017

Monoambiente



Edificio de mala muerte, paredes despedazadas por dentro, arañas en los rincones, cucarachas en los cajones. Un ascensor que no funciona, el timbre que no suena. Paredes de cartón, escaleras de telgopor, te guían hasta la puerta arruinada del quinto "B". Abrís la puerta y te llena el aliento del departamento. A encierro, a humedad, a polvo e insectos, a deshabitado.

Los barrotes de la cama se desprendían de óxido, amenazando con romperse en cualquier segundo tal y como el melancólico departamento. Constaba de un solo ambiente, de paredes grises con un papel de flores rasgado, viejo, manchado de humedad. Él era taciturno, quizás tanto como la escena; lo veías recostado en la cama y sentías una melodía lúgubre bailar a su alrededor. La luz del techo se balancea con el poco aire frío de la madrugada. Entra finamente por la persiana rota, a medio bajar, llena de arañas. La bombilla amenaza con apagarse y vuelve a prenderse, amenaza con apagarse y vuelve a prenderse. Es amarilla y no alcanza a alumbrar los rincones. Se intenta apagar, pero se prende de nuevo, aún resiste. Alumbrándolo débilmente, enredado entre las sábanas llenas de manchas. Se escucha el girar errático del ventilador, también, al borde de la caída. Guardaba receloso, bajo el colchón, un manojo de billetes pegados con cinta que no servían ni para comprar otra bombilla de luz. Y el colchón, era una sopa de irreconocibles sustancias mezcladas entre sí; cuantas historias que podía contar, y que repugnante olor que desprendía; posible de espantar a cualquiera que se acercase. La mesita ratona de madera rasguñada reposaba junto a la cama, una lamparita rota y sin bombilla sosteniéndose inexorable. Una única silla de plástico retraída, decorando un rincón al azar, curtida, con un color que no se distingue del gris o del amarillo, parecido a la punta de los dedos de un fumador. El armario se alzaba cubriendo toda la pared, vacío, de imponente madera oscura, pero con las puertas salidas, colgando. Tenía espejos, en las caras internas de las puertas, sucios, todo estaba sucio, inútiles para su uso original. Ropa amontonada en el fondo, hecha un manojo de dudas, arrojada con odio alguna vez. Todo en ese departamento, la escena entera contrastaba graciosamente contra ella. Que bella, con piel de seda, haciendo alarde de sus encantos se pasea, brillando bajo la luz de la bombilla que titila cerca de apagarse, en un balance errático a causa de ese único cable pelado que todavía la sostiene. Sumamente bella, lengua ávida de carne humana, dedos largos y sonrisa afilada, desprende un perfume a flores que a todos encanta.

Él se dejo caer; enojado, furioso, triste, cansado. Después del ultimo pinchazo se desplomó en una pose inverosímil.

Su cuerpo flaco, magullado y sudoroso ¿Qué hacia ella tan bella observando su cuerpo indigno? ¿Qué hacia ella, con su absurda altanería, contemplándolo? Como si fuera una ilusión, su perfume casi orgásmico viaja hacia él, proyectándose hacia sus sentidos.

- Desgraciada- le susurró tendido en la cama.

- Penoso- refutó.

Cicatrices. Tenía cicatrices en todo el cuerpo. Pálido y casi traslucido, demacrado y deplorable en todos los sentidos. Humillantemente débil. Intentó arrastrarse en busca de la jeringa que le quedaba bajo la cama, entre el manojo de billetes doblados. Con la mitad del cuerpo en el suelo entorno sus ojos hacia ella, nuevamente.

- Estabas ebria. - Le reprocha, suena como un niño.

La sangre le baja a la cabeza con fuerza, cada vez más rojo y con los ojos salidos. Los cerró, pero el olor a flores no se iba.

- Te perdono. - Silencio. - No fue tu culpa. - ella se sienta en el suelo a su lado, amagando a acariciar su cabello. - Marcos - le susurra como una caricia, con sus mejillas rosas y su ropa andrajosa. Había perdido un zapato, el otro lo traía en la mano. Las medias estaban agujereadas con quemaduras de cigarrillo, manchadas de alcohol. Pero era bella, impoluta, siempre fue hermosa. Con el pelo lacio, como en sus recuerdos.

- Estabas ebria. - le vuelve a reprochar - lo besaste delante mío, me lastimaste. Vos lo besaste. ¿Qué mas podía hacer? Me fui. Estabas ebria, no fue mi culpa. Vos lo besaste.

-Marcos,. - Ella insiste. - Pasó hace mucho. Vení a visitarme si tanto me extrañas. No me hagas venir a buscarte.

Él se arrastró por el suelo buscando su jeringa, otra vez. Olvidarla, convencerse de que fue culpa de ella.

- Marcos - Su voz es suave, despide compasión. Él se arrastra, tira de un cable y la lampara se cae.

- Fue tu culpa.

- ¿Por qué no me dejas ir?

Se arrastra desesperado, el suelo cruje bajo su peso. Los insectos no se inmutan mientras el zarandea su mano junto a ellos. Pacientes, esperan por su cena.

La muerte lo mira, intensa. Él vulgarmente se incorpora, buscando la vena. Ella se levanta pero no se acomoda la ropa, se pasea hacia su rincón con el corpiño descolocado y la remera rota. Camina colmando el monoambiente con olor a flores. Decepcionada observa como la cabeza de Marcos cae hacia un costado y él tiembla, como todas las noches.

- Te perdono - dice mientras el espejo sucio refleja la piel amoratonada, la sangre acariciando sus piernas.

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